domingo, 11 de abril de 2010

REPROCHES ENTRE HERMANOS III


Cuando estaba en el instituto un amigo me contó que cuando era pequeño, se había metido en una pelea. Unos cuantos le estaban dando de ostias y cuando todo parecía desesperado, apareció su hermano mayor, le defendió e hizo huir a los atacantes. Algo así hubiera sido imposible en el caso de mi hermano mayor, lo primero porque no habría aparecido a tiempo, o simplemente no habría aparecido. Mi hermano es especialista en no estar cuando se le necesita. Lo segundo porque aunque hubiera aparecido seguramente no hubiera hecho nada. Mi hermano es especialista en no hacer nada. Especialista en esperar a que otra persona resuelva el problema. “Se moriría de hambre entre dos panes”, como tantas veces le ha dicho mi madre.

¿Han tenido alguna vez un hermano del que se avergüenzan? Yo sí, mi hermano mayor. Mi hermano era siempre el torpe, él que metía la pata, él que jugaba mal a todos los juegos, él que hacía el comentario embarazoso, el aguafiestas, el que siempre sale mal en las fotos. Ese tipo del que todos se ríen a sus espaldas y también delante de él. Ese era mi hermano.

El pobre esta condenado desde el bautizo. Le llamaron Abilio, como mi padre, como mi abuelo, que nació un veintidós de febrero y por eso le pusieron Abilio. Con un nombre así tienes que desarrollar la personalidad e imponerte a los mil y un chistes que vas a escuchar sobre tu nombre. Pero lo de imponerse no ha ido nunca con mi hermano.

Así que mi hermano era el torpe oficial, en el colegio, en el pueblo, en el parque, etc. Pronto me di cuenta de que su compañía no me convenía, así que en cuanto pude intenté librarme de él. Intenté hacer como si no existiera. Cuando iba al instituto apenas le saludaba y lo mismo hacía en la universidad. No tener relación con mi hermano era parte de mi estrategia para integrarme en la sociedad, y formar parte de las pandillas más interesantes de cada momento.

Me comportaba de una manera cruel. Con el tiempo he pensado que yo debía haber sido el hermano mayor y él el pequeño. Si hubiera sido así quizá cada uno hubiera estado en el papel que le correspondía. Pero pensar eso no tiene mucho sentido. Cada uno tiene que jugar con las cartas que le han tocado, imaginar que si le hubieran tocado otras lo habría hecho mejor, es una excusa como otra cualquiera.

Podría decir que no tengo relación con mi hermano desde la infancia, desde que jugábamos con los “clic” sobre la alfombra de nuestro cuarto. Alguna vez siendo ambos adultos he intentado retomar la comunicación con él, pero no lo he conseguido. Hablar con mi hermano no es fácil para mí, hace tiempo que ni lo intento.

Actualmente el hecho de que mi hermano no afronte los problemas ni tome iniciativas casi es una ventaja. Mi hermano sigue viviendo con mis padres y no tiene intención de marcharse de casa. Mi hermana y yo nunca lo hemos hablado, pero supongo que los dos damos por hecho que va a ser él encargado de cuidar a mis padres ahora que se están haciendo mayores. Algo que nos viene muy bien a mi hermana y a mí, ya que los dos vivimos fuera de donde viven mis padres.

REPROCHES ENTRE HERMANOS II


Ring de boxeo. Hermano pequeño y hermana mediana vestidos de fiesta y con guantes de boxeo. Ella, azules, él, rojos. Hermano mayor de frac, con pajarita, a modo de arbitro del combate. Suena la campana y empiezan un combate violentísimo, muy físico, con el espeluznante sonido de los puñetazos retumbando, entremezcládose con las palabras. Éstas, frente a lo salvaje de la pelea, resultan frías, casi como voces en off neutras o pensamientos dichos en voz alta.

HERMANA MEDIANA: Imbécil.
HERMANO PEQUEÑO: Facha.
HERMANA MEDIANA: Rojo.
HERMANO PEQUEÑO: Subnormal.
HERMANA MEDIANA: Tarado.
HERMANO PEQUEÑO: Paranóica.
HERMANA MEDIANA: Demente.
HERMANO PEQUEÑO: Eres como tu padre.
ÁRBITRO (HERMANO MAYOR): Separándolos.
¡Stop!, nada de golpes bajos. ¡Box!
HERMANA MEDIANA: Estoy hasta las narices de decirte por carta, por teléfono y por mail que vengas a verme, que tienes dos sobrinos que ni los vas a conocer, que soy tu hermana, joder, que pasas de todo y siempre me das largas de buen rollito, muy a tu estilo, más falso que Judas.
HERMANO PEQUEÑO: Estoy hasta los cojones de tus monsergas con la puta familia y la puta mierda de mundo feliz donde vives, con tu casita perfecta, tus cochazos, tu puto “back yard” y toda esa mierda “yanki” que me da asco. Que te den por culo a ti y a tu Schwarzenegger de mierda. No voy a ir a verte nunca.
HERMANA MEDIANA: Eres un desastre, tu vida es un desastre, ni te organizas, ni sabes tener un trabajo fijo como es debido. No tienes un duro, no tienes ahorros, no tienes nada de nada.
HERMANO PEQUEÑO: Por lo menos tengo dignidad. Y dos putos dedos de frente para saber que nunca seré esclavo de nadie, que soy libre.
HERMANA MEDIANA: Muy libre, pero muerto de hambre.
HERMANO PEQUEÑO: Y tú mucho California pero estás amargada y no eres feliz.
La hermana mediana cae a la lona, pero se levanta muy rápido con ayuda del arbitro, algo preocupado y mirando al hermano pequeño con cierta sorpresa, impropia de un juez de boxeo. Furibunda, la hermana se abalanza sobre el rival. Enganchados como en un abrazo, con las caras muy juntas y golpeándose mutuamente en la nuca:
HERMANA MEDIANA: “You mother fucker, son a bitch”, me cago en tu puta madre, malnacido. En que hora te cambié los pañales cuando eras un pingajo. Mira en lo que te has convertido, bestia, maleducado, iiiii...diota.
HERMANO PEQUEÑO: (Imitándola, pero neutro) Iiiii...diota. Maleducado. Uy, qué fina, la “americanita”. Vives muy cómoda a tomar por culo, bien lejos, para no pringarte en nada, ni ayudar en nada, ni estar cuando tienes que estar con esta familia.
HERMANA MEDIANA: Tú vives mucho mejor cerquita, pasando de todo a muerte y chupando del bote, sin asumir ninguna responsabilidad. Claro, con mamaíta siempre al quite: “tu hermano es así, va su aire el pobre, no es mala persona, lo que pasa es que es especial, como es el pequeño”. Y una mierda, no me lo trago. Crece de una puta vez.
HERMANO PEQUEÑO: Y tú me lo dices, que vives en la puta Disneylandia. Ja.
ÁRBITRO (HERMANO MAYOR): (Separándolos) ¡Stop! Nada de golpes en la nuca. ¡Box!
HERMANA MEDIANA: Consentido.
HERMANO PEQUEÑO: Pija.
HERMANA MEDIANA: Niñato.
Suena la campana. Cada uno a su esquina. El arbitro se torna en entrenador de la hermana.
ENTRENADOR (HERMANO MAYOR): Venga, venga, venga, vas bien, saca más la derecha, no le dejes escapar, agárralo y castígale más el hígado. Lo tienes, lo tienes, insiste un poco más y vigila su izquierda. Vamoooos, vamooos.
Suena la campana. Se vuelven a enganchar, cansados, golpeándose los costados.
HERMANO PEQUEÑO: Eres patética, en el fondo me das lástima.
HERMANA MEDIANA: Tú me das asco.
HERMANO PEQUEÑO: Siempre lo he sabido.
HERMANA MEDIANA: Vaya, el listillo, ¿ahora vas de psicólogo o de pobre hijito no deseado?
HERMANO PEQUEÑO: Puta.
HERMANA MEDIANA: (Muy sorprendida) Oye, sin insultar ¿eh?
ÁRBITRO (HERMANO MAYOR): (Separándolos de nuevo, los reúne en el centro y se dirige a ambos) Quiero una pelea limpia. Nada de agarrones ni de golpes bajos. No os aviso más. Empiezo a quitaros puntos pero ya. ¡Box!
HERMANA MEDIANA: Tu vida es una mierda.
HERMANO PEQUEÑO: Y dale. Mi vida es mía y no tengo que dar explicaciones a nadie.
HERMANA MEDIANA: Así te va que no hay dios que te quiera. Fracasas en todo.
HERMANO PEQUEÑO: Eres perversa.
HERMANA MEDIANA: (Burlona, pero neutra) Nene de mamaíta. (Remata) Infeliz, fracasado.
HERMANO PEQUEÑO: Yo también te quiero, hija de puta.
El hermano pequeño cae a la lona y parece K.O.
El arbitro inicia la cuenta, de nuevo preocupado. Al llegar a nueve, el caído se levanta como un resorte golpeándose la cara con los guantes y saltando con renovada energía.
ÁRBITRO (HERMANO MAYOR): (Muy cariñoso y preocupado) ¿Estás bien?
HERMANO PEQUEÑO: Estoy bien.
ÁRBITRO (HERMANO MAYOR): ¡Joder, tío!. ¡Box!
HERMANA MEDIANA: Estás acabado. Y estás más gordo, por cierto.
HERMANO PEQUEÑO: Foca de mierda, te mato.
HERMANA MEDIANA: No puedes con el culo, hermanito.
HERMANO PEQUEÑO: Te voy a matar.
HERMANA MEDIANA: No tienes huevos.
Suena la campana. Cada uno a su esquina. El arbitro se torna en entrenador, esta vez del hermano.
ÁRBITRO (HERMANO MAYOR): (Cada vez más preocupado) Tranquilo, tranquilo, no te dejes llevar. Sigue machacando con paciencia y mete tu gancho de izquierda en cuanto se te agarre. Ya la tienes. Venga, venga.
Suena la campana. Se tantean unos segundos, a distancia, agotados, jadeantes. El arbitro mira a uno y a otro, manifiestamente alterado, disgustado y a punto de llorar. Se vuelven a abrazar violentamente. El arbitro los vuelve a separar con mucho esfuerzo.
HERMANA MEDIANA: Llama a tu mamá ahora, nenaza.
HERMANO PEQUEÑO: Cabrona.
Vuelve a sonar la campana, vuelven a sus esquinas. El entrenador va llorando y gritando de una esquina a otra, desquiciado.
ÁRBITRO (HERMANO MAYOR): (A la hermana) ¡ Déjalo, no merece la pena! Tiro la toalla, mira.
HERMANA MEDIANA: ¡Ni de coña, tengo que matarlo!
ÁRBITRO (HERMANO MAYOR): (Al hermano) ¡No me compensa verte así! ¡Se acabó!
HERMANO PEQUEÑO: ¿Se acabó, el qué? ¡Y una mierda! Tengo que machacarla.
ÁRBITRO (HERMANO MAYOR): (A la hermana) ¡Basta, por dios!
(Al hermano) ¡Déjalo! (A la hermana) ¡No os machaquéis más!
(A los dos y mirando al público, desde el centro del ring, de repente muy sosegado,)
Decía la abuela Marina que parecía mentira que un bebé naciera de un simple escupitajo. También decía la abuela, al final de su vida: “¿Pa qué?, ¿todo esto, pa qué?”
Tuvo dos hermanos. La pequeña, la Esperanza: con 10 añitos las monjas la dejaron “sordamuda”, como ella decía, de una paliza en el orfanato. Marina cuidó de su hermana enferma durante más de 40 años. El mayor, el facha, como ella le decía, fue militar del lado fascista durante la guerra. Y un déspota. Marina era socialista de carné desde muy joven. Llegó a pasar clandestinamente explosivos para los rojos. Adoraba a sus dos hermanos.
Los dos hermanos, ya sin guantes, se abrazan al mayor. Los tres sonrientes.
HERMANA MEDIANA: (Al pequeño) Te van a encantar los California Rolls que he traído.
HERMANO PEQUEÑO: (Resignado y farfullando) Yo soy más de chorizo.
HERMANO MAYOR: (Conciliador) Anda, vamos a echar una mano a mamá con la mesa.

Salen. La hermana canturrea feliz el Gingle Bells.

FOTOS DE FAMILIA








FANTASMA II


FANTASMA
Dos hermanos (interpretados por un solo actor que se desdobla en ambos).

-¿Hablamos?
-¿De qué?
-No sé, de lo que sea.
-¿Por qué?
- Ya es hora.
(Pausa)
-Nunca lo hemos hecho.
-Por eso, ya es hora.
-¿Servirá de algo?
-De algo servirá.
-¿Y por donde empezamos?
-Por ti, por ejemplo.
-¿Y por qué no por ti?
-Me da igual.
-No, no te da igual.
-Ya estamos.
(Pausa)
-Nunca nos hemos querido, ¿verdad?
-Caramba, ese es un buen comienzo.
-Ya, pero es así, ¿no?
-¿Que quieres decir con “querido”?
-No sé, se supone que los hermanos se quieren.
-Nosotros nos llevamos bien, siempre nos hemos llevado bien, nunca hemos tenido peleas ni conflictos.
-Ya…
-Siempre nos hemos respetado, no nos hemos traicionado.
-Ya…
-Nunca ha pasado nada entre nosotros.
-Ya…
-Ya.
(Pausa)
-Somos una familia de fantasmas.
-¿Cómo?
-Sí, somos como la familia de “Los otros”.
-No me gusta Amenábar.
-Lo sé, es nuestra mayor discrepancia.
-¿Qué quieres decir con nuestra “mayor discrepancia”?
-Nada, déjalo.
-¿Qué quieres decir con que somos como “Los otros”?
-Que, como familia, existimos sin existir. Como familia, somos incorpóreos, insustanciales. Podríamos desaparecer si se abriera una puerta de golpe y enterase una corriente de aire un poco fuerte. Somos como una aparición, como espectros, inmateriales. Tal vez en nuestras fotos familiares ni estemos.
-…
-Me acuerdo que yo antes, con papá, me daba la mano.
-¿Qué?
-Cuando nos saludábamos, si hacía tiempo que no nos veíamos, nos dábamos la mano. ¿No te acuerdas? ¿Contigo no hacía lo mismo?
-Pero ahora ya no es así, ahora nos damos dos besos.
-Sí, ahora nos damos dos besos, ahora que él tiene casi setenta, yo cuarenta y tu treinta y muchos, pero cuando nos damos dos besos, yo siempre pienso que antes nos dábamos la mano, ¿entiendes? Eso ya no se puede borrar, quedó ahí, como símbolo.
-Siempre hemos sido muy independientes.
-Sí.
-Sí.
-¿Y?
-…
(Pausa)
-Creo que tú me tenías un poco de manía cuando éramos pequeños.
-¿Te parece?
-Creo que envidiabas un poco mi personalidad y por eso me tenias un poco de manía.
-Puede ser.
-¿Jugábamos juntos?
-No me acuerdo.
-Supongo que lo hacíamos, somos hermanos, los hermanos juegan juntos cuando son pequeños.
-Me acuerdo sin acordarme. ¿Lo ves? Como un fantasma. Me pasa con todo, me acuerdo de las cosas sin acordarme, de una forma muy difusa, muy imprecisa, desvaída, deshilvanada. Mi mujer dice que nunca podrá saber nada de mi pasado. Mi memoria es como un agujero negro, se traga todos los recuerdos y no sé que hace con ellos. Creo que todo tiene que ver con lo mismo.
-¿Con que mismo?
-Con cómo somos como familia. Con lo que te decía al principio de que nosotros no nos queremos. Mamá, papá, tú, yo. Nos queremos sin querernos. No digo que sea algo malo. Quiero decir que es lo que es, pero tiene sus consecuencias.
-También te burlabas de mí, me llamabas orejudo, cuando éramos pequeños.
-Sí, me acuerdo, de eso sí me acuerdo. Es raro, en las relaciones entre hermanos siempre parece haber algo incondicional, absoluto, muy básico, muy tribal, tanto cuando son buenas como cuando son malas. Suele ser todo muy extremo, aunque no siempre se manifieste así, pero está ahí, como una corriente de fondo, como una base. Es algo que solo pasa entre hermanos, ¿no? Único, especial. ¿Tú sientes eso? ¿Esa corriente?
-Yo era el hermano pequeño y nunca sentí que me protegieras.
(Pausa)
-En el fondo somos un panda de egoístas, con nuestras cosas, con nuestro carácter, con nuestra independencia, pero incapaces de hacer nada de verdad los unos por los otros, de interesarse de verdad, de preocuparse de verdad. Quiero decir, de mojarnos, de pringarnos, de arriesgarnos. Una panda de egoístas cobardes. Nos cubrimos las espaldas los unos a los otros, para evitar los conflictos. Tendríamos que inventarnos conflictos, tendríamos que pelearnos de vez en cuando, aunque solo sea para dejar de ser fantasmas por un rato. ¿Tú has visto alguna vez a dos fantasmas peleándose o teniendo una discusión sobre algo?
-¿Quieres que nos peleemos? Nunca lo hemos hecho. No estamos acostumbrados.
-Quiero que nos pase algo. Tampoco lo hemos hecho nunca. No tener memoria es no tener historia. Como colectivo somos un fracaso. A base de no compartir casi nunca nada, cuando nos vemos forzados a hacerlo o con ganas de hacerlo no sabemos cómo y es muy formal, nada espontaneo, no es de verdad. ¿Sabes lo que creo? Que nos da pereza la verdad, lo real. Hasta todo esto que te estoy diciendo es mentira, es falso, porque son las palabras de un fantasma.
-¿De un fantasma? Estás un poco recurrente con el tema fantasmal.
-Como hermanos somos sin ser, o sea, un fracaso. Siempre he pensado que nuestra mayor virtud es nuestro mayor defecto: no existimos como familia, y por lo tanto, no existimos como hermanos. Supongo que eso es lo que quiero decir cuando digo que somos como fantasmas. Los fantasmas no existen. Tal vez seamos el paso previo a la familia del futuro, en donde los vínculos de sangre se habrán diluido hasta no tener la más mínima importancia. Tal vez seamos el anticipo imperfecto de la futura familia modélica, pero claro, por ahora solo somos como un ensayo de laboratorio, quedaremos para la posteridad como el eslabón perdido de la evolución del organismo familia. No sé qué tiene que ver todo esto con lo que te quería decir.
-Yo tampoco, en el fondo me parece que no dices nada.
-Puede ser, estoy algo confundido. En general, estoy algo confundido ¿Lo ves? Ese es el problema. Me propongo decirte algo porque eres mi hermano, que hablemos de hermano a hermano, en confianza, sin formalismos, y me sale un discurso pseudosociólogico sobre el devenir histórico de la familia. Tenía muchas ganas de reprocharte un montón de cosas y a la hora de la verdad no me sale nada. Es la falta de costumbre.
(Pausa)
-¿La más cariñosa siempre fue la yaya, verdad?
-Sí, la única.
-Ella quería queriendo.
-Bueno, hay muchas formas de querer. Yo sé que mamá nos quiere. De una forma u otra, siempre lo he sabido.
-¿Y papá?
-Papá es una víctima.
-¿Una víctima de qué?
-Una víctima de sí mismo. Como tantos hombres de su generación. Siempre se ha esforzado tanto por ser quien era ante todos y ante sí mismo que no ha sabido ser ni marido, ni padre. Tal vez cuando sea abuelo se reencuentre con su yo familiar verdadero, quiero decir, el que tuvo mientras fue hijo. Porque como hijo sí funcionaba, seguramente porque su madre, la yaya, era la perfecta persona de familia.
-Una víctima y un verdugo. Sus vanos, escasos y patéticos intentos de ejercer como padre dan risa y pena, pero a veces también son muy dañinos porque nunca están motivados por el amor de verdad, sino por el estúpido prejuicio de ser fiel a sí mismo. Tienes que tener cuidado, porque eso te pasa a ti también, a veces.
-¡Vaya! Por fin un reproche. ¿Qué quieres decir?
- Que a veces lo importante no es ser uno mismo, sino precisamente lo contrario: dejar de serlo, renunciar a la pretenciosa y falsa idea que uno tiene de sí mismo para ser lo que los demás esperan de uno. Sobre todo si los que esperan son de la familia. Yo muchas veces lo único que espero de ti es que seas mi hermano, y que por tanto te comportes como hermano, igual que muchas veces esperé que papá fuera papá y se comportara como papá. Y nunca lo era, ni cuando lo intentaba, porque claro, no le salía. Recuerdo una vez que me pregunto, así de sopetón, sin venir a cuento: ¿y de chicas que tal? Era la primera vez que intentaba entablar conmigo una conversación no sé si de hombre a hombre o de padre a hijo, pero yo debía tener ya 21 ó 22 años. Yo, que no me acuerdo de nada, tengo una imagen clara y nítida de ese momento, como si fuera ayer. Por aquel entonces yo estaba saliendo con una chica 10 años mayor que yo y bueno, se lo conté, sin entrar mucho en detalles. Me dijo: bueno, está bien, lo único que te digo es que tengas cuidado por la diferencia de edad. No me impactó mucho lo que me dijo, me dijo eso como me podía haber dicho cualquier otra cosa porque yo creo que se sentía en la obligación de decirme algo, ya que había hecho el esfuerzo de preguntar. Lo que me impactó fue que manifestara su preocupación, si es que le tenía, o su curiosidad al menos, por lo que le estuviera pasando a su hijo, y recuerdo que pensé: el intento es bueno pero no va a funcionar, demasiado tarde, ojalá hubiera sido así siempre, que mi padre se hubiera preocupado por mí, en vez de delegar en mamá esa función de progenitores. Me dio pena y tristeza, ese intento de un tipo de cincuenta y tantos años por enfundarse un traje de padre que la quedaba grande. Parece que se hubiera leído un capítulo, solo uno, de un manual de “ser padre hoy” y estuviera haciendo prácticas. No coló. En el fondo creo que fue peor, dejó más en evidencia su incapacidad para ejercer de padre. Supongo que nadie nace siendo padre, uno se convierte en padre a base de ser padre, de ensayar, practicar y creérselo, en un día no te vas a aprender el papel que no te has aprendido en años.
-¿Y yo por qué tengo que tener cuidado?
-Porque a veces das más importancia a lo que tú esperas de ti mismo, que a lo que esperamos la gente que supuestamente te importa. Tuviste suerte con que yo me casara lejos y casi por sorpresa, porque tuviste la excusa perfecta para no tener que decidir si ir a la boda o no. ¿Qué hubiera pasado sin las dificultades de desplazamiento y premura? ¿Hubiera prevalecido tu postura coherente contigo mismo de no ir a ninguna ceremonia matrimonial porque no crees en el paripé o hubieras venido a la boda de tu hermano?
-Eso es un reproche.
-Sí, lo es. Aunque me lo podría hacer a mí mismo y por la misma razón. Yo también tengo que tener cuidado con eso. Es nuestra herencia, el gen egoísta y orgulloso. Hay que tener cuidado con él, te posee y nos puede destruir. Es como una máscara. Si la máscara acaba teniendo más consistencia que tu propia cara acabas convirtiéndote en la máscara. En un fantasma.
(Pausa larga)
-¿Y nosotros?
-¿Qué?
-¿Qué pasa con nosotros? ¿Por qué pudiendo haber tanto entre nosotros hay tan poco? ¿Es también por pereza? ¿Por el gen? ¿Por la máscara? ¿Por Amenábar? Al fin y al cabo somos hermanos, supongo que eso querrá decir algo.
-¿Qué?
-¿Qué crees que quiere decir ser hermano de alguien?
-No sé, supongo que…
-No supongas, inventa.
-Creo que es compartir involuntariamente, lo cual es una fuente permanente de insatisfacción.
-¿Compartir, insatisfacción?
-Sí, no sé, de puro evidente es hasta insufrible. Absurdo. Lo que define, lo único que define a todos los hermanos del mundo, salvando excepciones de pérdida prematura o abandono, es que comparten involuntariamente unos padres y por la tanto un pasado, unas experiencias, una vida en común más o menos larga y acotada en el tiempo. Hermano es aquel con el compartes siempre padres e infancia. O la que es lo mismo, hermano es aquel con el que compartes padres y pasado a la vez. Y eso lo condiciona todo.
-¿Y eso qué?
-Eso nada. Solo que es una realidad condenada al fracaso. La de ser hermanos, digo. Porque se fundamenta en dos ficciones: los padres, esos seres de opereta que nunca son ellos mismos porque el mero hecho de ser padres les ha convertido en otros, y ya siempre serán otros, y el pasado, esa percepción mentirosa y confusa de lo que pensamos que recordamos que creemos que nos pasó. ¿Cómo va a funcionar una relación así? Además ser hermano de alguien te coloca en un plano de igualdad que remata esta situación. Con los padres no pasa lo mismo. En realidad ser hermanos es la cosa más artificial del mundo. La más falsa. La más convencional. Supongo que por eso las relaciones entre hermanos son tan complicadas y simples a la vez. Solo con esa complicación extrema o con esa extrema simpleza se puede sustentar algo tan absurdo y falaz. ¿A quién se le ocurre? ¿Ser hermano de alguien? ¿Hay algo más ridículo? Si lo piensas fríamente hasta da risa. Alguien que sin ser tú es lo más cercano biológicamente a ti, lo quieras o no, y con el que, lo quieras o no, te une algo que, lo quieras o no, es más fuerte que cualquier otro vínculo. Supongo que hasta que tienes un hijo, claro, pero eso ya es otra historia.
-¿Por eso no me quieres?
-Yo no he dicho que no te quiera.
-Tampoco me has dicho nunca que me quieres.
-¿Lo ves? Eso es, ahí está. Como eres mi hermano, aunque no te quiera te quiero y aunque te quiera no te quiero. Es absurdo, no lo entiendo. No entiendo la relación entre hermanos. De todas las relaciones humanas es la menos comprensible para mí. Tal vez sea una tara mía.
(Pausa larga)
-¿Te hubiera gustado tener una hermana?
-¿En vez de ti?
-No, aparte de mí.
-Tal vez, ahora que lo pienso no hubiera estado mal.
-¿Por?
-No sé, las amiguitas, el toque femenino, lo mixto, no sé.
-¿Y en vez de mi?
-No, en vez de ti no. ¿Y a ti?
-No.
(Pausa)
-Bueno, no ha estado mal. Hemos hablado un buen rato.
-¿Tú crees?
-Puede que no nos hayamos dicho mucho, seguramente no nos hemos dicho nada.
-Puede.
-Pero de algo habrá servido, digo yo.
-¿Tú crees?
-Digo yo.
-Para ser la primera vez…
-Podríamos haber llegado más lejos…
-Sí, más allá, más profundo…
-Pero tal vez sea imposible…
-Sí…
-Porque somos hermanos y…
-Ya está todo dicho, ¿no?...
-Desde siempre…
-¿O no?...
-Para ser la primera vez…
-No, no ha estado mal.
(Pausa larga)
-Odio ser hijo único.

REPROCHES ENTRE HERMANOS I


(Punto de vista I)

No, no es verdad, nunca te preocupó nada de nosotros. Siempre has ido a la tuya. Nunca estuviste cuando se te necesitó. En todas las decisiones sobre el funeral de papá ni siquiera participaste. Y luego, con mamá en el hospital, lo más que hiciste fue llamar. Siempre has hecho tu vida sin pensar en los demás. Cuando mamá se quedó sola, aquí estuvimos nosotros para cuidar de ella. No, tú siempre has ido a la tuya. Hasta cuando éramos pequeños, nunca dejabas que me apoyara en ti, cualquier cosa que te preguntaba ya estabas poniéndome caras y diciéndome que por qué te preguntaba a ti, que te dejase en paz. Tú no tienes ni idea de lo que ha sido de nuestra vida mientras tú no estabas. Ni la has vivido ni quieres enterarte. Qué te importaba a ti, mientras tú no estuvieses... ¿Y sabes qué? ¿Sabes lo más jodido? Que a quien más le dolía todo esto era a mamá. Tú eras su favorito. Desde pequeño. Siempre con Oscar en la boca. Hicieras lo que hicieras estaba bien hecho. ¿Y Mónica y yo? Hasta cuando tú te fuiste pensaba ella que tenía la culpa. Se culpaba de que tú te hubieras ido. Porque creía que había hecho algo mal. Se preocupaba por ti. Y mientras, los que estábamos allí para soportar sus quejas éramos nosotros. No, esta familia no te debe nada. Siempre has pensado que eras mejor que nosotros, más libre, que éramos unos mediocres que habíamos elegido la vía más cómoda. Mirando por encima de los demás como si fueses alguien especial. Estoy harto. No te importa una mierda cómo estén los demás. Mamá te necesitaba. Pero no preguntaste, no te importó. Y a pesar de todo eso, siguió aceptándote sin decir nada. Pero daba igual. Cada vez que había un problema tú desaparecías. Y cuando te volvíamos a ver, nos reprochabas que te dijésemos cualquier cosa, decías que todos tenemos derecho a hacer lo que nos venía en gana, que cada uno elige. Bien, pues tú ya elegiste...
Te echaba de menos ¿sabes? Al principio, cada vez que me encontraba con un problema, intentaba pensar en qué hubieras hecho tú para solucionarlo. Creía que tú volverías para solucionarlo todo, que volveríamos a estar juntos. Hasta que dejé de pensarlo... Y sólo te odié. Te odié durante mucho tiempo ¿sabes, Oscar?. Ya no. Ahora sólo te he olvidado.

(Punto de vista II)

Para mí fue muy difícil. De alguna manera no soy muy consciente de esos años. Hacía las cosas... como por impulso, porque sentía la necesidad de hacerlas, sin pensarlas. También a mí me dolió. En esos momentos, todo el mundo me miraba, como si yo supiese lo que tenía que hacer. No entendían que yo estaba igual o peor que ellos. Y no podía hacer nada. Estaba paralizado. Después de la muerte de mi padre algo dejó de tener sentido. El motor natural de las cosas se había roto, había dejado de funcionar. Me gustaba la libertad que me daba el sentirme protegido, el no tener que preocuparme de nada. Pero todo eso se rompió. Y llegó el silencio, el miedo. El miedo se apoderó de nosotros, de cada uno de nosotros. Y mamá lloraba. Cada vez que hablaba con ella, sentía la súplica en sus ojos, buscando un resquicio en la realidad por donde pudiera fugarse. No, Mario, yo hice lo que tenía que hacer. Me daba miedo volver a casa para encontrarme naufrago, perdido en una isla donde nadie se preguntaba qué hacia allí. Tú y Mónica tampoco teníais respuestas, pero tú eras fuerte. Yo te miraba. Sabía que lo que tú necesitabas era sentirte aún más fuerte, siempre estabas midiéndote, en los juegos, en las conversaciones. Yo no quería luchar, no tenía ganas. Para mí fue la única salida posible. Más tarde comencé a sentirme culpable. Pero no había vuelta atrás. Cada vez que volvía a casa mamá siempre me estaba recordando lo buen hijo que era, todo lo orgullosa que se sentía de mí, pero nunca me dejaba contarle lo que hacía o en qué andaba, siempre volvía al pasado. Nunca hablaba de cuando yo me fui, ni dejaba que yo hablase de ello. Y si lo hacía, entraba en un llanto mudo y volvía a mirarme con esos ojos de súplica, llenos de recuerdos y de esperanza rota, y me agarraba de la cara y me besaba en los ojos y en los labios... Cuando murió papá, no sé por qué, yo, en cierta manera, morí con él. Tuve que salir de aquí para encontrarme...
Sé que no lo entiendes, ya me lo has dicho muchas veces. Y de todas maneras, da igual. Yo no te debo nada y tú a mí tampoco. Mientras mamá vivió, ella nos mantuvo unidos. Ahora es distinto. Yo te sigo queriendo, Mario. No importa lo que pienses, para mi seguís siendo la única familia que tengo...

PIMPINELA. LA FAMILIA

VELATORIO

Ataud abierto con madre muerta. Hijo sólo, sentado al lado, con las manos en la cara, llorando en silencio. Después de un largo silencio...

MADRE: ¿Has llamado a tu hermano?
HIJO: ¡Joder! (de pie. Después de un brinco inicial, retrocede incrédulo, lentamente, entre aterrado, descompuesto y con la boca abierta, sin poder articular palabra)
MADRE: (hablando muy deprisa, quieta y con buen tono de voz) Que si has llamado a tu hermano, que venía a comer hoy y va a llegar a casa y se va a encontrar que no hay nadie y no tiene llave, porque se la dejó el martes en casa en el cenicero y mira que le recuerdo siempre que coja el móvil, las llaves y la cartera, y nada oye, como el que oye llover. No veas la que está cayendo, y tengo toda la colada blanca tendida, las sábanas, las toallas, todo lo grande, empapado, qué mala leche. Fíjate, había descongelado potaje para comer, que lo pongo siempre en vigilia, que le encanta a él, aunque el bacalao no le va mucho, a mí me priva, soy muy pescadera, pero a él la verdura, la verdura, que la compro toda fresca, nada de congelados, que pierden toda la vitamina, y se pone morado. Qué pena, se va a echar a perder. Vete si no después y te lo llevas a casa en un “taper”, aunque sea le haces un puré al niño, que no veas qué puré va a salir, todo fresco, vamos mucho mejor que un potito. No, vosotros le dais de comer al niño de maravilla, tu mujer es muy completa. ¡Qué rico está mi niño!, ¡corazón!, ¡cómo está de bonito!. Anda que vaya nochecita que os ha dado con los dientes. Ya os dije que le diérais el “pidural” ese en cuanto el niño se ponga un poco chinchoso. Yo a vosotros os daba en las encías un potingue que me mandaba el puericultor, uy, a mi Marta le salieron los dientes de abajo...
HIJO: (llorando, desesperado) ¡Mamaaaa! Por favor... ¿qué es esto, qué pasa?
MADRE: (sin pausas) Pues que va a pasar, que hace un frío en esta casa, mira que le dije a tu padre que me arreglara esa calefacción, pues nada, se murió el pobre y ahí se quedó. Claro, la he encendido y aquello olía a perro muerto, y ha pegado un pedo que han saltado los plomos, menos mal que le dije al electricista que me arregló los enchufes de la tele, el que me puso lo del “tedeté”, que me cobro 30 euros por ponerme un enchufito, le dije que me pusiera un poco de cinta aislante en el cable que estaba pelado, y aún así casi salimos ardiendo. El mes pasado pagué 80 euros de luz, es que no veas como sube con las calefacciones. Como me bajen la pensión no sé que voy a hacer y eso que con los 400 euros que cobro de tu padre voy tirando. Menuda cara de raspa tiene la De la Vega esa, la que es la segunda de Zapatero, y está en los huesos la tía, aunque eso sí, va siempre elegantísima. Y los otros que no quieren colaborar, siempre discutiendo, llevando la contraria a lo que sea, ¡pues que hagan algo, joder, que encima que ganan un dineral no hacen más que llevar la contraria por “esport”! Yo no soy ni de unos ni de otros, yo no entiendo de política, yo votaba lo que me decía tu padre y como todos en su trabajo son unos fachas, pues hala, a la derecha. Solo cuando ganó Felipe, que me dijiste tú que le votara...
HIJO: Aha. (Atónito. Se sienta de nuevo en la silla)
MADRE: ... y le voté, lo hice por ti, pero a mí me da igual, son todos unos mangantes que van sólo a lo suyo, a chupar del bote, aunque trabajan ¿eh?, porque envejecen muy rápido, fíjate como está Zapatero, está mayor, con lo majo que era. No deben tener tiempo ni para comer. Ayer me hice yo para comer una coliflor con aceite y vinagre que me encanta y de segundo me freí unos boquerones, un cuartito, me costaron dos cincuenta en el mercado Maravillas, tirado, por 3 euros sin contar mi naranja de postre, comí divinamente, y esta noche me voy a hacer una tortilla de habas... que me encanta... (silencio)
HIJO: Mamá, descansa de una vez.
MADRE: Si tienes razón, hijo, pero es que soy así, muy vital (pequeña pausa). Y muy nerviosa y mira que me decís que me relaje y respire, nada, tuve que dejar el Tai-Chi porque me aburría, fíjate que el profesor...
HIJO: Ya me lo has contado.
MADRE: Ya pero es que el profesor tenía delito: joven, más joven que tú, un poco místico, nos ponía una música que no veas, ¡un rollo!, bueno que me dormía no te digo más, dos horas la clase ¿tú te crees?, nada, duré una semana, le dije “mira es que tengo gimnasio por las mañanas, martes y jueves, y ahora por la tardes informática y no voy a poder...” me voy a apuntar a lo de las viudas, ahí en la calle Almirante, a ver si me da “vidilla”... (silencio)
HIJO: Mamá, para ya. Tranquila. Ya está.
MADRE: El caso es que ya no me duelen la rodillas, ni la operada. Desde que me tomé la homeopatía hace dos meses y dejé de tomar café. Y eso que yo he sido siempre muy cafetera, pues ahora nada chica, no sé, no me lo pide el cuerpo por lo que sea. Eso sí, me doy unas palizas de andar que no veas, una hora seguida o más. Con tu padre, hasta última hora, caminábamos a todas partes. Cuando ya estaba muy malito nos bajamos desde Cuatro Caminos hasta Tribunal y el pobre llegó exhausto, nos sentamos en un banco y me decía: “no puedo mamá, no puedo, esta mierda de cáncer”, y se golpeaba con el puño el pecho. El pobre... Andar es bueno para todo. Fíjate mi compañera del hospital, más joven que yo, pues casi diez años, y está hecha un “zepelín”, con un culo gordo, que se lo he visto yo cuando se ducha, porque claro, la habitación tan pequeña, y yo le digo Carmina, hija, es que tienes que andar, tienes que moverte, no hacer pereza, que te lo ha dicho el médico, no quedarte ahí apoltronada. Fíjate, yo, desde el segundo día de mi operación, que me dijo el médico que paseara con las muletas, pues ya estaba...
HIJO: ¡Máma! Descansa, por favor, no tiene sentido, además esto también me lo has contado antes...
MADRE: Hijo, ¿quieres oir algo que de verdad nunca he contado a nadie?
HIJO: No. Quiero que descanses.
MADRE: Yo sabía que nunca iba a morir.
HIJO: ¿Qué?
MADRE: Que siempre supe que no moriría.
HIJO: ¡Pero si estás en tu ataud porque ayer caíste fulminada con un derrame cerebral masivo!
MADRE: Pero no estoy muerta.
HIJO: ¿Y esta caja, y el certificado de defunción? Hablar estás hablando... ¡o estoy alucinando o me estoy volviendo loco, o...!
MADRE: Tú también sabes que no vas a morir.
HIJO: ¿Qué?
MADRE: Piensa un momento. No estoy diciendo nada que no sepas.
HIJO: No sé de qué me hablas.
MADRE: Sí que lo sabes.
HIJO: ¿Y papá no está muerto, entonces?
MADRE: Papá sí, pero porque él quería morirse.
HIJO: ¿Me estás diciendo que es cuestión de elegir? Venga mamá, es que entonces no se moriría nadie.
MADRE: Que va, hijo. Eso es así, como te lo estoy contando. Y no lo sabes hasta que estás a punto de dejar este mundo, hasta el “mismito” momento antes de irte. No es el rollo ese de que te ves a ti misma y se separa de ti como otro cuerpo, eso que se ve en las películas que a mi siempre me ha dado tanto miedo. Eso no. Es una sensación por dentro desde que tienes uso de razón. Como que estás tan viva que... Me acuerdo de muy pequeñita, en la posguerra, que pasamos un hambre que eso es para contarlo, me comía hasta las cáscaras de las naranjas, que me decían mis hermanos: “Atón, (porque me llamaban Atón, no sé porqué), chica no te comas eso que te va hacer daño a la tripa y se te va a caer el pelo”, pero yo me lo devoraba como si fuera un manjar.
HIJO: Eso también me lo has contado mil veces.
MADRE: Pues eso es, esa sensación de de vitalidad, de de energía, no sé cómo decirte chica, como que estás tan tan viva que... no sé. Y sigo así.
HIJO: En el ataud...
MADRE: Hijo, no te enfades, es que si no te lo cuento reviento. Ya sé que es raro empezar a hablarte, aquí en la caja...
HIJO: ¡Joder, y el susto que me has dado, que casi me da un infarto!
MADRE: Perdona, pero eras tú y nadie más, quien podía entender esto. Hombre, he intentado hacerlo con normalidad, dándote conversación y tal.
HIJO: ¡Menuda conversación!, te has puesto a rajar, como siempre, como una descosida y yo ahí, hala, aguantando el chaparrón, alucinando y acojonado. Es que, de verdad...
MADRE: Hombre, yo también he pasado miedo, que ya sabes que soy muy cagona para estas cosas. Cuando la abuela Marina me decía en broma “cuando me muera, voy a bajar a tirarte de los pelos...” Yo le decía, ay, abuela, calle mujer, que a mi me dan mucho miedo esas cosas. Y mírame tú ahora.
HIJO: ¿O sea que tú también tienes miedo?
MADRE: Hombre, imagínate, a mí los muertos siempre me han dado mucho respeto.
HIJO: ¿pero no decías que no estabas muerta, en qué quedamos?
MADRE: Eso, eso, por ahí va la cosa...
HIJO: ¿qué cosa? Ay dios, me está entrando una angustia.

Llaman a la puerta. Entra el hijo pequeño.

HIJO: Pasa.
HIJO PEQUEÑO: ¿Qué tal bro?
HIJO: Pensé que no ibas a entrar, como con papá te dio “yuyu”.
HIJO PEQUEÑO: ¿cómo estás?
HIJO: Pss.
HIJO PEQUEÑO: (mirando la caja) Joder, qué mierda, con lo bien que estaba.
HIJO: Está bien.
HIJO PEQUEÑO: ¿Hum?
HIJO: Que está muy bien, se encuentra perfectamente.
HIJO PEQUEÑO: Si, claro, allá dónde esté.
HIJO: No, aquí.
HIJO PEQUEÑO: Bueno sí, por lo menos no ha sufrido mucho, ha sido de golpe.
HIJO: No, digo que está bien ahora, ahí, donde está, me lo ha dicho.
HIJO PEQUEÑO: (Abraza a su hermano y los dos lloran) Vamos a comer algo, anda.
HIJO: (asiente)

Salen.